| Puelches es repetido punto de referencia cuando se alude al sur en distintas actividades. Fue una de las localidades en que estuvo radicado el poeta Juan Carlos Bustriazo Ortíz. Este poeta nació en Santa Rosa el 3 de diciembre de 1929. Su canto forma parte del alma de los pampeanos. Entre sus obras se destacan "Elegías de la piedra que canta" de 1969, "Aura del Estilo" de 1970, "Unca bermeja" de 1984, "Canto quetral", "Poemas puelches" y más de 79 obras inéditas. Su última obra publicada fue "El libro del Ghenpin" editado por la cámara de diputados en el año 2004. Su creación, además de su valor en sí, se instaló fuertemente en el sentimiento popular a través de la musicalización de varios de sus poemas. La repercusión alcanzada por sus poemas excede largamente los límites provinciales, al punto de estar considerado entre los más importantes poetas nacionales. | |
| "En plena década del cincuenta, al regreso del Oeste, Juan Carlos Bustriazo Ortiz escribe Los Poemas Puelches, dando así la primera señal artística de una experiencia vital que definió, en temas y formas, toda su creación literaria posterior. Son los gestos y los rostros de aquella geografía los que van dejando su imagen en estos versos, tejiendo sus destinos con el misterio del lugar y con su dramática condición de pobladores del desierto".
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Los Poemas Puelches ( 1954 - 1959 )
| La tejedora puelche Andaba doña Gregoria el caserío, ofreciendo sus matras. Un día se fue del pago. Los paisanos conservan sus trabajos todavía, llenando con sus colores los humildes recintos de los ranchos... Aquí viene llegando la tejedora puelche, la que tejía sus matras lo mismo que su suerte. Venía siempre al pueblo en busca de la gente, saliendo de la tarde como una chilca verde. Llegaba despacito, subiendo desde el este, allá, donde el río seco se junta con la muerte. Chamal rojizo y verde, color que trae la suerte. ¡Ay, tejedora puelche! tu sombra siempre vuelve. Hoy suben de la tierra tus raíces silvestres, los vivos colorinches de tus lanas alegres. Loco el viento de junio castiga, pardo y fuerte, con tus matras yo tengo la sola patria puelche. Y aquí te dejo viva memoria del Oeste, derramada en mi canto como un río ferviente. Chamal rojizo y verde, color que trae la suerte. ¡Ay, tejedora puelche! tu sombra siempre vuelve. ----------- El viejo Quintín, “intruso” Después de lunas y lunas, lo quieren sacar del campo. Hoy lo he visto, cobre antiguo, tierra y temblor, sueño amargo. Allí está su sombra india casi tocando la ausencia, como si fuera a quedarse ahí mismo, sobre la hierba. “Hace años que trabajamos este campito nomás... Me dicen que soy intruso y que me debo marchar...” Casi nunca viene al pueblo, su sangre apenas lo lleva, y en sus ojos hace tiempo que anda rondando la niebla. Tener que irse y tan solo... La tierra tiene otro dueño. Don Quintín, cómo decirte que los intrusos son ellos! “Hace años que trabajamos este campito nomás... Me dicen que soy intruso y que me debo marchar...” ----------- Volviendo Don Correa... Me contaron que siempre guitarreaba, llenando de alegrías los patios de los ranchos sonoros y con luces... Ahí llega el viejo Correa saliendo de la mañana como apartando la niebla con sus largas manos pardas. Regresa como trayendo de su antiguo tiempo puelche sus yuyos de curar tristes y sus vinos de la suerte. Esto es ya cosa del sueño, pero fue, y aquí lo cuento. Lo cuento porque se me hace que un día volvió subiendo al perdido paradero donde andaba su recuerdo. Llegó hasta la casa aquella de adobes acurrucados; se hizo aleteo el saludo, rojo en el aire y quemando. Tal vez parezca que sueño, pero yo estoy bien despierto. Se fue otra vez don Correa con su tiempo guitarrero, rumbo a los cerros azules, lleno de vientos jumeros. La niebla lo trae ahora con su solo paso andando. Vino a mi voz su recuerdo: aquí estoy para nombrarlo. Esto, repito, no es sueño; fue hace tiempo, pero es cierto... ----------- Carapacha Grande Andando los campos, caminos del monte, vimos en la tarde la Carapachá; la huella era polvo cegador y rojo, y alto, amarillento, era el pajonal. Las peñas cobrizas eran como el lomo de una fiera antigua de dormida edad. Peñascal oscuro, máscara de piedra, guerrero de cobre, casa del pencal! Carapacha Grande, Carapacha Grande...Y el río espejeaba como un pedernal! Encendida greda, blanda como un lecho, ramitas resecas, hueso vegetal. La tierra era pobre como el lugareño; vagaba en el campo, triste, el animal. Brillaban insectos bajo flechas de oro que los traspasaban, filos de cristal. El río viajero tardaba y tardaba..., y el hombre y la bestia lo iban a buscar. Carapacha Grande, Carapacha Grande! Y el río espejeaba como un pedernal! ------------ Coplas para el niño muerto La nieve castigaba la gente aquellos días. Todo aquel mundo era una larga y sola tierra blanca... Anoche se ha muerto un niño en los toldos, río abajo, cerca de los Ñancucheo, cerquita de unos remansos. Parece que el angelito tres días estuvo malo; aún estaba infiel el niño porque el cura llega escaso. (Yo sé que la gente puelche, abandonada en la tierra, no puede pagar las cosas de la ciencia y de la iglesia.) Desde temprano la nieve cubre la tierra salada; no se distinguen las piedras; las sendas están borradas... En la cruz de un zaino manso, en una cajita blanca, atadito con dos sogas lo traen por la huella larga. Ha venido a ver al niño toda la gente puelchera; lo velarán esta noche; mañana le darán tierra. La nevazón los castiga con sus lonjas embrujadas; el cielo cierra los ojos; las cabras balan y balan... Desde temprano la nieve cubre la tierra salada; no se distinguen las piedras; las sendas están borradas... |
A Margarita Monges, poeta.
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